Identidad y modernidad en América Latina sus diversas trayectorias... comentarios preliminares

Para delimitar las diversas trayectorias a los cuales se han referido y tratado el tema de la identidad y modernidad en América Latina, es necesario aludir a la utilización más menos consensuada de estos dos conceptos.

Por modernidad inicialmente se pueden entender muchas cosas, en primera instancia como un evento histórico que acontece en Europa en el siglo xviii que deviene del decante de los procesos de la naciente industrialización, el modelo económico capitalista, la revolución francesa y los  teóricos de la ilustración como Kant, Voltaire, Rousseau. En términos epistemológicos surge con el carteciamismo de Descartes y con el empirismo de Hume, en aspectos sociales surge con la pregunta por el orden social, el progreso, la masiva migración del campo a la ciudad, la secularización de la sociedad, etc. En segunda instancia la modernidad puede ser entendida como un proceso creciente de complejización social, donde se puede diferenciar los “apellidos de la modernidad”, es decir, primera modernidad, segunda modernidad, modernidad líquida, modernidad tardía, modernidad radicalizada, sociedad del riesgo global, etc.

Ahora bien, la modernidad en América Latina acontece en un proceso disímil al retratado, cuya delimitación la trataremos más adelante, por lo pronto indicaremos que en la realidad latinoamericana fuera lo que fuere “modernidad” ésta se presenta de carácter muy heterogéneo en la región.

En materia de identidad inicialmente podemos indicar que refiere a un constructo conceptual que “remite a una norma de pertenencia, necesariamente consciente porque se encuentra basada en oposiciones simbólicas” (Cuche, 2004, P. 105-106). Esta norma de pertenencia está dada a su vez por un proceso de construcción permanente en la que:

“(…) los individuos y grupos van constituyendo un discurso sobre sí mismos en estrecha relación con otras personas y grupos. La construcción de identidad es así un proceso social en un doble sentido: primero, los individuos se definen a sí mismos en términos de ciertas categorías sociales compartidas, culturalmente definidas (...) que contribuyen a especificar al sujeto y a su sentido de identidad. Estas categorías las he llamado identidades culturales o colectivas, y constituyen verdaderas “comunidades imaginadas”. Segundo, la identidad implica una referencia a los “otros” en dos sentidos. Primero, los otros son aquellos cuyas opiniones acerca de nosotros internalizamos, cuyas expectativas se transforman en nuestras propias autoexpectativas. Pero también son aquellos con respecto a los cuales queremos diferenciarnos” (Larraín, 2005, p.115-116).

Es decir, la identidad, en tanto proceso de construcción, no es una característica ontológica de las personas y grupos. En ella, al contrario, los individuos portan un conocimiento existente en un mundo compartido, por ende social, en el cual se enmarcan a una categoría social. Pero a la vez, la identidad, logra convertirse en un “nosotros” sólo y cuando existe un “ellos”. En ese marco es necesario recordad que las identidades colectivas se van haciendo, son cambiantes y múltiples, y esta multiplicidad a veces se organiza en algún eje y otras permanece fragmentada y que, por último, la identidad se forma también a partir de la mirada o definición que los otros le otorgan” (Garretón, 2007, p.223)

Para Jorge Larraín la mayoría de las sociedades latinoamericanas no se encuentran culturalmente unificadas a pesar que algunas de ellas existen formas centrales de integración y síntesis. En este sentido indica, que el proceso de construcción identitaria en las naciones no fue un proceso natural, espontaneo e ideológicamente neutral, fue más bien un proceso selectivo y excluyente conducido desde arriba. “La identidad nacional existe en 2 polos distintos de la realidad sociocultural. Por una parte, existe en la esfera pública como discurso articulado altamente selectivo, construido desde arriba por una variedad de instituciones y agentes culturales. Por otra parte, existe en la base social como una forma de subjetividad individual y de diversos grupos que expresan sentimientos muy variados, a veces no bien representados en las versiones públicas (…) La construcción de la identidad no es un proceso monolítico y autónomo de la esfera pública que ocurre con total independencia de los modos de vida” (Larraín, 1996, p. 208-209)

El tema de la identidad cultural en América Latina se encuentra estrechamente vinculado a los procesos de modernidad latinoamericana, en la medida que este eje transversal va transformando continuamente su realidad o forma de percibir y construir ésta. Así surgen una serie de preguntas relevantes dentro de éste ámbito, América Latina ¿existe? ¿Qué somos? ¿Qué queremos ser? La visión histórico estructural de Jorge Larraín nos ayuda a entender con especial detención los diversos momentos de crisis y síntesis posteriores que atravesó América Latina. En primera instancia, la conquista y la colonización, después, la crisis de independencia y la conformación de los Estados Nacionales, posteriormente el fin de la dominación oligárquica y depresión mundial y finalmente, el fracaso de regímenes populistas y golpes militares.

La teoría social imbricada en estos procesos, no fue tal sino hasta entrado la década de los cincuenta en la región, su antesala más bien fue constituida por una serie de ensayos y cartas referidas al proceso de colonización latinoamericana, bitácoras de viaje, etc. hasta concluido el proceso de independencia. La antropología fue la “ciencia responsable” en términos teóricos de la construcción del imaginario de América Latina previo al periodo de independencia. En la fase de la conquista, América Latina experimenta el “descubrimiento” gracias a un error geográfico   o de proyección de Colón. De ahí en más, existió una rápida imposición española, un fuerte sometimiento a los indígenas y una tipificación de la región como “el otro bárbaro e incivilizado” avalado desde Europa por los teóricos de la ilustración y los diversos exploradores que vinieron a América. El etnocentrismo marcará la pauta tal como queda retratado en los escritos de G.W.F Hegel “Lecciones sobre la Filosofía de la historia universal” o en S.Todorov “La conquista de América: el problema de los otros”.

En la fase de independencia, América Latina se planteará en búsqueda de una nueva identidad ya sea vía la asimilación criolla del modelo europeo o vía la construcción de un nuevo referente en vistas no solo de una emancipación política sino también en gran medida mental, los intentos por generar federaciones marcarán la pauta en éste periodo. El modelo teórico social en esta fase se traslapa con los idearios políticos de independencia, en modos de construir un imaginario nacional para comenzar la construcción de los diversos Estados Nacionales, en este sentido destacan la “Carta de Jamaica” de Simón Bolívar, el “manuscrito del diablo” de José Victorino Lastarria, las cartas de Vicuña Mackenna y de Francisco Bilbao entre otros. De este modelo transuntó la liberalización progresiva en lo político y la conformación de una base autoritaria y desigual en lo social; los lemas de “orden y progreso” en Brasil, “por la razón o la fuerza” en Chile o “libertad y orden” en Colombia retratan esta síntesis cultural.

Avanzada la historia, en teoría social las repúblicas comenzaron a adoptar el modelo positivista comtiano para llevar a cabo los procesos de modernización “a palos”, es decir, el positivismo planteó una reorganización de la sociedad por vías científicas basadas en el orden y progreso, desarrollo científico, medicalización de lo social, despotismo ilustrado, políticas para subsanar el mestizaje y la sangre indígena, entre otros fenómenos pertinentes, tal como lo relata J.Gil Fortoul en “América Latina: Positivismo y nación” y T.Van Dijk en “Racismo y Discurso en América Latina”.

Entre 1900-1940 surge desde la literatura un fuerte cuestionamiento al positivismo decimonónico, una conciencia anti imperialista y un renovado interés por la identidad latinoamericana asentadas a través de la literatura del realismo social tal como uno puede rastrear en los escritos de Rubén Darío o J.Eyzaguirre en “Hispanoamérica del Dolor”. Por otra parte, en esta fase se asiste al surgimiento del pensamiento indigenista muy influido y ligado a las corrientes marxistas las cuales realizaban un llamado a recuperar una cierta esencia pérdida en la región.

En la expansión de la post guerra el viraje teórico vuelve a ser radical, por primera vez la sociología, comienza a debatir sobre los procesos de modernidad e identidad en América Latina, emergen las teorías del desarrollo y surgen las teorías acerca de la modernización, el cepalismo y las teorías de la dependencia, todas abocadas a intentar sustituir la estructura fundacional de la región para asimilar un modelo norteamericano a través del desmantelamiento de los patrones denominados tradicionales. Aquí, el otro de significación vuelve a estar en un lugar distinto al latinoamericano y se deja de lado el tema del indigenismo. Los intentos por pasar de una sociedad “tradicional a una moderna” marcaran la pauta en este periodo.

Finalmente, y a partir de las diversas dictaduras latinoamericanas se logra instaurar el modelo neoliberal en América Latina, generando el desarrollo del denominado capitalismo periférico, el consenso de Washington y las transformaciones productivas con equidad social; llevando al debate sobre los resultados inesperados de la modernidad en América Latina producto de la elevada desigualdad distributiva, el alto grado de urbanización, la desigualdad territorial hacia el interior de los países como consecuencia de los procesos de desarrollo altamente desequilibrados, los problemas de marginalidad, informalidad, etc.

Tal como se puede apreciar, las entradas a las temáticas de la identidad como a la modernidad, han sido muy diversas y dependientes del tiempo histórico las cuales si bien son un aporte significativo en términos académicos, no necesariamente se condicen con las prácticas cotidianas del quehacer social, es decir, no necesariamente este debate teórico conceptual, ha quedado plasmado en la formulación de diversas políticas públicas, quizás donde tuvo un mayor operatividad práctica fue en el periodo de la industrialización vía sustitución de las importaciones. Formalmente no se considera la variable identitaria en la planificación y gestión de políticas públicas, y en los casos que se ha considerado han sido a partir de reconocimientos jurídicos sobre la diversidad para grupos específicos de la población (indígenas). Por ejemplo, las políticas públicas suelen estandarizar los proyectos e intervenciones no considerando el componente identitario de cada territorio subnacional más allá de una narrativa meramente discursiva y tratada en la gran mayoría de los casos como antecedente de los problemas. La planificación de políticas públicas debe asumir una imagen de mundo en la que convivan los procesos de racionalización del Estado, pero también los procesos de subjetivación asociados a las diversas realidades locales (identidad). El componente identitario debe ser operacionalizado para contribuir en los procesos de desarrollo y particularmente con la ciudadanización de las políticas públicas.

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